
Por Gabriel Mauricio Díaz Sánchez
Hay momentos en los que el país real, ese que respira sin cálculo ni pretensión electoral, le da una lección magistral a la política con P minúscula. En medio de la desolación provocada por el reciente terremoto, cuando la tierra tembló y el miedo intentó congelar el alma nacional, emergió con fuerza arrolladora lo mejor de nuestra naturaleza: una solidaridad desbordada, silenciosa y profunda.
Mientras las cámaras y los micrófonos de la discusión pública solían enfocarse en la controversia, el ciudadano de a pie estaba haciendo fila en los supermercados. Resultó conmovedor ver estanterías completamente vacías, no por el pánico ni por el acaparamiento egoísta, sino porque la ciudadanía arrasó con los suministros para enviarle alivio a quienes lo perdieron todo. Familias enteras empacando cobijas, jóvenes organizando centros de acopio en cada esquina, trabajadores destinando parte de sus ingresos para comprar agua, granos y enseres de primera necesidad. Esa movilización espontánea demostró que el tejido social de Colombia sigue vivo y que la empatía no necesita de decretos ni de discursos burocráticos para activarse. El verdadero país se midió en el esfuerzo anónimo y en las manos dispuestas a levantar escombros.
Sin embargo, en doloroso contraste con esa altura moral del pueblo, asistimos a un espectáculo mezquino por parte de determinados sectores políticos. Resulta indignante comprobar cómo, mientras los organismos de socorro aún buscaban sobrevivientes entre la tierra y el concreto, algunos no vieron en la tragedia un llamado a la unidad o a la tregua, sino una oportunidad para sembrar odio. Intentar sacar provecho electoral, señalar culpables apresurados o construir narrativas de polarización sobre las ruinas y el luto de miles de familias es una muestra de miseria ética que el país ya no puede tolerar. Hay quienes no saben construir ni en la abundancia, y pretenden destruir incluso sobre las ruinas.
La lección que nos deja esta tragedia es tajante: la sociedad colombiana está a años luz por delante de gran parte de su vocería política. En las calles, en los centros de acopio y en los supermercados triunfó la compasión y la fraternidad; en las redes y en la tribuna mediática volvió a aflorar el cálculo vil. Nos queda el consuelo y el orgullo de saber que, cuando Colombia se enfrenta a la adversidad, la grandeza de su gente siempre termina aplastando a la pequeñez de quienes pretenden dividirla.
Esta dicotomía nos obliga a reflexionar sobre la verdadera naturaleza del liderazgo en tiempos de crisis. La reconstrucción de un país tras un desastre no se agota en el cemento, en las vigas de acero ni en la remoción de escombros; exige, ante todo, la reconstrucción del tejido ético de la sociedad. Cuando la dirigencia política elige la trinchera del ataque personal y la sospecha por encima de la cooperación, no solo defrauda su mandato constitucional, sino que traiciona la dignidad de las propias víctimas. Si la ciudadanía fue capaz de desprenderse de lo poco o mucho que tenía para tenderle la mano a un desconocido, lo mínimo que se le debe exigir a la clase política es la altura moral para acallar el sectarismo y trabajar por el bien común.