
Por Gabriel Díaz
Hay acontecimientos que tienen la capacidad de recordarnos, en cuestión de segundos, lo frágiles que somos. El terremoto que acaba de sacudir a Colombia es uno de ellos. La tierra se mueve, las estructuras tiemblan y, durante unos instantes, todo aquello que parecía permanente deja de serlo. Por eso, más que hablar solamente del terremoto, deberíamos hablar de las decisiones que tomamos antes de que ocurra una tragedia.
En Ibagué esa conversación tiene un nombre: Plan de Ordenamiento Territorial, POT.
Un POT no es simplemente un documento técnico ni un trámite administrativo. Es la decisión sobre cómo queremos que crezca nuestra ciudad durante las próximas décadas. Allí se define dónde podemos construir, dónde no debemos hacerlo, qué zonas debemos proteger, cómo enfrentamos nuestros riesgos y qué modelo de ciudad queremos dejarles a quienes vienen después.
Por eso construir y adoptar un POT serio no puede ser una carrera por habilitar más suelo, aumentar la posibilidad de construir o generar mayores rentabilidades para quienes poseen determinados terrenos. El desarrollo económico es necesario y la construcción es importante para cualquier ciudad, pero el territorio no puede ordenarse en función de los intereses económicos de unos pocos.
Ibagué necesita crecer, pero necesita crecer bien. Y para eso necesitamos decisiones sustentadas en estudios técnicos, en la realidad ambiental y geográfica de nuestro territorio, en la gestión del riesgo y, sobre todo, en el interés general.
Aquí existe una responsabilidad política que no podemos desconocer. Quienes gobiernan y quienes tenemos la responsabilidad de estudiar y adoptar las normas que definen el futuro de la ciudad debemos entender que un POT no se puede negociar como si fuera cualquier proyecto de inversión. Las decisiones que hoy tomemos sobre el suelo pueden comprometer la seguridad, la movilidad, el ambiente y la calidad de vida de los ibaguereños durante generaciones.
El terremoto nos recuerda que la naturaleza tiene fuerzas que no controlamos. Pero también debería recordarnos que sí controlamos muchas de las decisiones que pueden convertir un fenómeno natural en una tragedia mayor.
Ibagué necesita un POT serio, técnico, transparente y responsable. Un POT que permita el desarrollo, pero que no entregue el ordenamiento del territorio a los intereses económicos. Porque gobernar una ciudad también significa tener el carácter de decir que no cuando el interés particular pretende estar por encima del interés general.
La tierra seguirá temblando. La pregunta es si nosotros estaremos tomando hoy las decisiones correctas para que, cuando vuelva a hacerlo, Ibagué esté preparada.
El desastre no empieza cuando tiembla la tierra. Muchas veces empieza mucho antes, cuando dejamos que otros decidan cómo debe crecer nuestra ciudad.