
Por: Gabriel Díaz
“Juguemos a los congelados. Entonces todos nos quedamos congelados”. La frase, que bien podría pertenecer a una ronda infantil en el patio de un colegio, fue pronunciada en realidad por el entonces Alto Comisionado para la Paz de Colombia, Danilo Rueda. Al otro lado de la mesa no había niños, sino cabecillas del Clan del Golfo, la estructura criminal y narcotraficante más poderosa del país. El audio, revelado esta semana por Noticias Caracol, no es solo un documento periodístico; es la autopsia de una ingenuidad gubernamental que limitó con la complicidad.
La metáfora infantil del funcionario del gobierno de Gustavo Petro escondía una realidad siniestra: la orden perentoria de maniatar a la Fuerza Pública. Mientras el Estado central jugaba de espaldas al país a detener el tiempo, suspender bombardeos y prometer "limpiezas" en la inteligencia de la Policía para no incomodar a los capos, el Clan del Golfo entendió las reglas del juego de manera muy distinta. Ellos no se congelaron. Mientras el Ejército contenía el aliento por orden superior, el grupo criminal se expandió, controló nuevas rutas y, según las propias cifras de inteligencia militar, casi duplicó su pie de fuerza.
El escándalo de los audios de la "Paz Total" cruza líneas rojas que ninguna narrativa oficialista puede justificar. Una cosa es abrir canales de diálogo para el sometimiento a la justicia, y otra, diametralmente opuesta, es negociar la vigencia de la Constitución. Que el exdirector de la Dirección Nacional de Inteligencia, Jorge Lemus, terminara pidiéndole favores políticos a enlaces del narcotráfico para que "ayudaran con sus amigos congresistas" a pupitrear una ley en el Capitolio, degrada la institucionalidad a niveles inéditos. El Estado no fue a imponer la ley; fue a pedir cacao.
Pero el juego de "los congelados" no solo operó en los campamentos criminales; operó también en las conciencias de los políticos que defendieron este proyecto a capa y espada. En el Tolima, por ejemplo, el silencio de los líderes "progresistas" es sepulcral. Pareciera que la mermelada del Gobierno Nacional dejó “CONGELADOS” a la representante a la Cámara, Olga Beatriz González, y a la profesora Martha Alsonso, al activista Liberal progresista, Camilo Delgado, los representantes electos Marco Emilio Hincapié, Renzo García y el concejal De Ibagué Andrés Zambrano. Ellos, que abiertamente repetían el libreto de que la Paz Total era lo mejor que le había pasado a este país y que hacían campaña con vehemencia invitando a elegir a Iván Cepeda, argumentando que votar por él, era dar un voto por la vida hoy no dicen nada. Ante la evidencia de un pacto que arrodilló la seguridad nacional frente a los narcos, mutaron al mutismo absoluto. Quedaron congelados en sus discursos.
La gravedad de lo revelado se mide en el desamparo de las regiones. La tregua unilateral y soterrada dejó a miles de colombianos bajo el yugo de un grupo que aprovechó el letargo institucional para consolidar su dictadura local. El juego ha terminado, pero el deshielo nos deja una realidad devastadora: unas Fuerzas Armadas desmoralizadas por las promesas de purga hechas a sus propios enemigos, y un grupo criminal más robusto que en 2022. La historia recordará este episodio no como el laboratorio de la paz, sino como el periodo en el que el Estado, y sus defensores en las regiones, decidieron quedarse de brazos cruzados mientras la criminalidad caminaba a paso de vencedores.