
Por: Gabriel Diaz
El suelo del Tolima no da tregua. Las recientes y constantes sacudidas que tienen su epicentro en Chaparral —acumulando cientos de movimientos en tiempo récord y obligando a elevar las alertas preventivas en la región— no son meras estadísticas geológicas ni anécdotas para los titulares de afán. Son un recordatorio brutal, físico e incómodo de nuestra fragilidad institucional frente a los fenómenos naturales.
Cuando la tierra ruge y las familias deciden pasar la madrugada en vela o abandonar el resguardo de sus propios hogares por temor al colapso, la mirada se desplaza inevitablemente hacia una pregunta incómoda: ¿Qué tan preparadas están nuestras ciudades y municipios para soportar un verdadero golpe tectónico?
Por años hemos administrado el territorio bajo la lógica perezosa de la reacción tardía. Las alertas amarillas y los consejos extraordinarios de gestión del riesgo se activan con puntualidad cronométrica después de que el susto ya recorrió la espalda de los ciudadanos. Sin embargo, la prevención en Colombia sigue siendo un saludo a la bandera, un documento engavetado en despachos burocráticos que rara vez se traduce en un régimen estricto de control urbanístico, de revisión de edificaciones vulnerables o de cimentaciones reales que resistan la furia de la cordillera.
Mientras el sur del departamento vive en un estado de vigilia permanente y zozobra, en los escritorios oficiales la vida transcurre con la pesadez de la tramitología. Nos hemos acostumbrado a normalizar el riesgo y a encomendar la seguridad colectiva a la buena suerte. La vulnerabilidad de tantas construcciones levantadas sin el rigor técnico exigido demuestra que el Estado suele llegar tarde, siempre a remolque de la emergencia.
La geología nos está sacudiendo, literalmente, para que despertemos de un letargo institucional peligroso. El verdadero riesgo no es solo lo que la tierra mueva bajo nuestros pies, sino la indolencia de unos gobiernos que solo vuelven a mirar la planeación territorial cuando las ruinas ya ocupan las primeras páginas de la prensa. Si las instituciones no blindan técnica y jurídicamente al Tolima hoy, la próxima sacudida no solo moverá la tierra: terminará de derrumbar lo poco que queda de nuestra seriedad administrativa.