
Por: Gabriel Diaz
Ibagué cumple años y, como es costumbre en estas fechas, las redes sociales y los discursos oficiales se llenarán de postales nostálgicas, menciones al Conservatorio, al bunde y al orgullo de ser la "Capital Musical de Colombia". Hablaremos de los 476 años de historia, del verde de nuestras montañas y de la brisa cálida que baja del Cañón del Combeima.
Sin embargo, más allá de la celebración protocolaria, la ciudad llega a su aniversario con una deuda histórica consigo misma. Las vías que se desgastan prematuramente, los desafíos en materia de planeación urbana, la informalidad que clama oportunidades y los baches en la gestión pública nos recuerdan que Ibagué no necesita más saludos de cumpleaños vacíos ni promesas de campaña recicladas.
¿Cuál es, entonces, el verdadero regalo de cumpleaños que le podemos dar los ibaguereños a nuestra tierra?
Durante años hemos creído que el regalo consiste en esperar a que la administración de turno resuelva todo, sentados en la cómoda posición de espectadores críticos. Nos hemos acostumbrado a reclamar civismo mientras botamos una envoltura a la calle, a exigir transparencia mientras toleramos la viveza cotidiana, y a soñar con una metrópoli moderna mientras nos resignamos al desorden en la movilidad y el espacio público.
El regalo que Ibagué nos exige hoy no se compra en un centro comercial ni se decreta por acuerdo municipal. El verdadero presente que le debemos a la ciudad es recuperar el sentido de pertenencia activo y el rigor ciudadano.
Regalarle algo a Ibagué hoy significa asumir que el territorio no es un terreno ajeno al que le sacamos provecho, sino nuestra casa grande. Es entender que el ordenamiento territorial no es un tecnicismo de oficina, sino la garantía de que nuestros hijos no tengan que huir buscando el futuro que aquí se nos niega por falta de visión. Es exigir planeación a largo plazo, apostarle a la formalidad, cuidar el agua que nace en nuestros cerros y transformar la indignación en propuestas técnicas y viables.
Ibagué no pide sacrificios heroicos; nos pide consistencia. Nos pide profesionales que ejerzan con ética, ciudadanos que respeten las normas elementales de convivencia, jóvenes que se apropien de los espacios públicos y líderes que dejen de ver el erario como un botín y lo entiendan como el patrimonio sagrado de todos.
Hoy, cuando soplamos las velitas por nuestra amada Ibagué, dejemos de regalarle discursos. Démosle el compromiso de construir una ciudad a la altura de su gente, de su historia y de su potencial geográfico. Porque a Ibagué no la van a salvar los salvadores de última hora; a Ibagué la salvamos nosotros, cumpliéndole todos los días del año.
¡Feliz cumpleaños, Ibagué! Es hora de honrarte con hechos.
